Últimas Entradas »

viernes, 12 de febrero de 2010

Cuento Corto: La tenue oscuridad en el alma.

"El demonio del mal es uno de los instintos primeros del corazón humano"
Edgar Allan Poe


"Y creer que son las 3 de la mañana... Otra vez sentado frente a mi diario, el guardián de mis secretos, vaciando en palabras lo que cargo en mi conciencia, o al menos lo que queda de ella, si acaso existe en mi todavía. Parecería casi infantil esto que hago. Después de otro día de trabajo, llego a la casa, beso a mi esposa, juego con los niños, cenamos, platicamos... pasan las horas y en mi rostro se dibujan sonrisas y alegría. Luego vengo al estudio, atendiendo asuntos de trabajo que pueden esperar seguramente, pero que me sirven de pretexto cada equis días para quedarme en soledad; es entonces, cuando ningún ojo observa, cuando no hay oídos que escuchen, cuando la oscuridad me rodea, que dejo salir esa sombra, esa mancha en mi alma que se apodera de mi, que puede descargar su obscenidad, su vileza y su inmundicia en estos renglones.

Porque aquí puedo escribir, como cuando llegué en la mañana a la oficina, observé muy de reojo el escote de Clarita; como la devoré con el rabillo del ojo, como me imaginé haciéndole hasta lo innombrable, mientras las lágrimas, la rabia y la impotencia hacían presa de ella. Cómo disfrute cada escena que pincelaba mi mente...

Luego llegó Paredes, pretextando el mismo asunto del seguro que aún no se digna a resolver. El enjuto Paredes. El inútil Paredes. El mezquino Paredes. Con toda paciencia le explique lo que había que hacer: a quien debía llamar, que papeles debía firmar y con quienes pedir los formatos requeridos, junto con una descripción de los pasos que tendría que seguir una vez conseguidos dichos formatos; mientras le daba las indicaciones, el cortapapeles brillaba con esa tentadora intensidad, como diciendo "ven, tómame, hagámoslo juntos". Casi podía sentir el mango entre mis dedos; la tensión en mis músculos cuando, en un movimiento fúrico y certero, lo clavaría en el arrugado cuello de Paredes, a un lado de la traquea, tocando la yugular; la respiración jadeante y suplicante de Paredes que se desangraría, mirándome perplejo y asustado, como uno de esos perros fieles que cuando son corregidos no entienden el porqué; el chorro de sangre, caliente y efímera, que mancharía mis manos mientras la vida de aquel pobre inútil se extinguiría. Sin embargo, al final tuve que aplacar esos impulsos, conformándome con unas palmadas en la espalda algo fuertes para el viejo.

Aquí puedo vertir en palabras todos esos impulsos nefastos que sentí cuando llego el tipejo aquel, el lacayo del Ing. Arvidez, Valadez. Nada mas verlo pasar por la puerta del despacho, sin anunciarse, con esa arrogancia característica de los que viven a los pies del señor, esperanzado en que algunas migajas se le resbalen para lamerlas del suelo y sentirse importante porque comió lo mismo que él. Un perfecto imbécil que se pavonea por toda la oficina, sintiéndose protegido e influyente.

Claro, como era de esperarse, lo recibí con una sonrisa. La mierda que me trago con miras a seguir subiendo en este escalafón burocrático. Y es curioso, soy de los pocos a los que trata con respeto, siendo que nunca le he adulado mas allá de los saludos. Pero pensar que me ve con potencial y que reconoce mi talento sería darle demasiado crédito al desecho de humano que se hace pasar por ente razonable. Como sea, llegó tan cordial como de costumbre, cubriendo con esa sonrisa cínica y descarada sus peticiones, tan inaceptables y estúpidas que cualquier otro le habría saltado encima para destazarlo como el animal que es, oculto bajo ese perfume insoportable, ese cabello grasiento y ese traje de rayas, el cual seguramente compró en alguna barata o de segunda mano. Pero yo lo escuche atento, nunca perdiendo la compostura, nunca dejándole ver mi desprecio, mi odio, mi repudio... No. Jamás.

Mientras le expresaba por enésima vez los inconvenientes de tomar las acciones que sugería, con una esgrima verbal que por momentos hasta sonaba paternal, podía ver las imágenes con claridad; en mis manos, el cuchillo enorme; mi sonrisa de triunfo; su mirada de terror; la hoja atravesando el abominable traje de rayas; mi mano sofocando sus gritos; el cuchillo desgarrando sus entrañas, lenta e inexorablemente, con precisión quirúrgica, manteniéndolo vivo; como él se retorcía de dolor, forcejeando de manera más débil cada vez, mientras sus ojos se nublaban. Otra vez, tuve que conformarme con un apretón de manos un poco mas fuerte de lo habitual, el cual resintió sin darle mucha importancia. Imbécil.

Y así es querido diario, otra vez esa oscuridad retorna a su refugio, satisfecha y regodeándose al menos en estas lineas. Hasta pronto. Seguramente, en unos días, tendré algo más que contarte..."

Nota del autor: ¿Cuantas personas que viven alrededor de ustedes tendrán un diario como este? Obviamente este cuento es pura ficción. Sin embargo, la capacidad del ser humano para la bondad es tan infinita como lo es para la maldad.

1 comentarios:

Olinca dijo...

XD que mieeedo
O_O creo que yo no he escrito nada tan oscuro...